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  • Entrevista con Naomi Klein (tomado de El público)

    PAULA CORROTO - MADRID - 30/10/2007 11:10

    El mundo la conoció con NoLogo. Corría el año 2000, el cambio de milenio, pero también la época en la que los mandatarios del FMI, del BM o de la OMC ponían sus ojos como platos por primera vez en 30 años al ver las manifestaciones desatadas en Seattle (EEUU), y, sobre todo, en Génova (Italia).

    La canadiense Naomi Klein fue la primera en capitalizar con su libro antimarcas la explosión del movimiento antiglobalización. Ahora, siete años después, esta canadiense ha regresado, pero con otro tono. Más político. Con vistas a hacer daño a la clase política neoliberal que ha asumido que un gobierno funciona como una empresa y que puede manipular a la población siguiendo las prácticas de electroshocks de la CIA de los años cincuenta elevadas a grandes desastres.

    A Naomi Klein no le hace falta ponerse un pañuelo palestino y estar detrás de la pancarta. Su nuevo libro, La doctrina del shock (Paidos), es afilado. Es una bofetada a los que se creen que sus países son su cortijo, y una demostración de que ella, o eso dice, no es ninguna marca.

    ¿Cómo y cuándo comenzó a recopilar todos esos documentos que muestran cómo un shock en la población puede provocar la puesta en marcha de medidas de privatización?

    Todo surgió cuando yo estaba en Argentina preparando el documental La Toma sobre lo que ocurrió en este país. Fue en ese momento cuando comenzó también la invasión de Irak. Poco después me enteré de que Paul Bremer (director de la Reconstrucción y Asistencia Humanitaria a Irak) pretendía instaurar el libre comercio en Irak. Eso coincidía con todo lo que yo estaba aprendiendo sobre Argentina con las medidas de libre mercado que se impusieron tras el Golpe de Estado de Videla. Y comencé a investigar.

    De todos los casos que analiza en su libro sobre la instauración de políticas de privatización (Chile, Argentina, Rusia, Reino Unido...), ¿cuál le ha llamado más la atención?

    Hay dos casos. Uno de ellos es que tras el tsunami que arrasó Sri Lanka y que mató a 40.000 personas, el Gobierno del país aprobó una ley de privatización del agua. El segundo caso fue el descubrimiento de unas actas de una reunión realizada por la Heritage Foundation, cercana a la Administración Bush en la que aparecían 52 medidas para la reconstrucción de Nueva Orleans tras el Katrina. Y todas ellas con un marcado acento neoliberal.

    Una de las cosas que más asombra en su libro es comprobar que los impulsores del capitalismo de shock lo gritan a los cuatro vientos... Es decir, que para ellos no es una política vergonzosa.

    Sí, tenía interés en mostrar cómo ellos repiten constantemente que para poner en marcha medidas neoliberales de privatización es necesaria una crisis, un shock, que deje a la población desorientada. A mí me han criticado este libro diciéndome que, si forma parte de una teoría de la conspiración contra el gobierno de Bush. Sin embargo, lo único que hago es mostrar lo que ellos han dicho durante todos estos años.

    Habla de desastres y después, de la puesta en marcha de políticas neoliberales. Curiosamente, en España tras el 11-M ganó la izquierda, no la derecha.

    Doy muchas charlas en diferentes países y siempre termino hablando de lo que ocurrió en España tras el 11-M, ya que es cierto que aquí sucedió todo lo contrario a lo ocurrido en otros países tras un shock. ¿Qué significa esto? Que España demostró que tras una crisis, un desastre, el pueblo tiene la capacidad de decidir cómo quiere reaccionar. Esto es: si quiere apoyar un régimen regresivo o no.

    Cuáles fueron las diferencias entre el 11-S y el 11-M?

    En EE UU se produjo una regresión y un recorte de las libertades civiles en función del aumento de la seguridad. En España, por el contrario, se reaccionó defendiendo la democracia. ¿Por qué la reacción fue distinta? Bien, yo creo que tiene mucho que ver con el debate actual sobre la memoria histórica y la amnesia que algunos quieren instaurar. Pienso que el rechazo a Aznar tras el 11-M se debió a que a la población les recordó a Franco. Y España ha metabolizado lo que le ocurrió con Franco de tal manera que ahora está preparada para reaccionar e identificar lo que puede volver a ocurrir.

    ¿Y por qué la sociedad estadounidense apostó por el recorte de libertades?

    Cuando algún movimiento intenta cambiar la sociedad con una terapia de shock lo que hace es borrar la historia. Un shock lo que te produce es una desorientación espacial y temporal. Y eso es lo que se ha puesto continuamente en marcha en EEUU. ¿Qué significa? Que el pueblo estadounidense es un pueblo amnésico. Y ya no recuerda nada del genocidio de los indios, de la esclavitud... Esto provoca además que cada cinco años estemos perdiendo la inocencia. Por ejemplo, cuando salieron a la luz de las torturas en Irak la gente se echó las manos a la cabeza como si hubiera sido la primera vez que se torturaba... Con todo esto, lo que quiero decir es que la gente que no tiene memoria histórica es fácilmente manipulable. De ahí que con la población de EEUU se puedan llevar a cabo todas estas medidas.

    Por cierto, usted pone de manifiesto que en EE UU hay una endogamia feroz en la política neoliberal. Y ya no sólo de la familia Bush, sino que Rumsfeld, Dick Cheney o Paul Bremer llevan desde los años 70 ocupando puestos de poder. Es curioso, porque es lo mismo que sucede en el PP.

    Sí, y es un reflejo del problema de memoria. La población olvida y vuelven a acometer todas las atrocidades una y otra vez. Se sienten inmunes.

    La venia católica: uno se confiesa y pone el kilometraje a cero.

    Exacto, pero a algunos ya ni les hace falta confesarse.

    No puedo dejar de preguntarle por ‘NoLogo'. Usted se hizo mundialmente famosa en el año 2001. ¿Se siente una marca de la antiglobalización?

    Cuando llegó la fama me sentí muy incómoda. Sobre todo, me pareció muy injusto que me trataran como una líder del movimiento antiglobalización cuando precisamente este movimiento se caracteriza por su falta de líderes. Es cierto que me convertí en una marca, por lo que decidí desaparecer del mapa. He estado desaparecida durante cuatro años, preparando este libro, el documental de La Toma... Ahora no me siento una marca.

    ¿Qué opina del libro de Joseph Heath y Andrew Potter ‘Rebelarse vende'? La atacaban a usted por haber hecho de la antiglobalización algo ‘fashion'.

    Creo que esa gente no entendió bien lo que significaba el movimiento antiglobalización, ya que lo vieron como una moda. Y no lo es, ya que se trata de un movimiento de oposición al liberalismo. Claro que esta gente lo que quiere al fin y al cabo es menospreciar este movimiento tratándolo como una moda. Sin embargo, si realmente lo fuera, no se lucharía con tanta fuerza contra él.

    De todas formas, el sistema tiende a asumir como suyo todo, incluso el movimiento antiglobalización. El mayor ejemplo está en lo ocurrido con el Ché.

    Es cierto, siempre habrá quien se ponga la camiseta del Ché porque se siente muy guapo con ella. Pero cuando alguien comienza a aplicar las medidas antiliberales que propugnaba el Ché, la cosa ya se pone más seria. Eso lo podemos ver en la misma Bolivia con Evo Morales.

    ¿Qué ha pasado con este movimiento? Ya no se oye tanto como a principios de 2000 con las manifestaciones en Seattle o Génova.

    Yo creo que hay que verlo en un contexto internacional. El movimiento de resistencia está más fuerte que nunca. De hecho, la OMC está fallando, ya que desde hace cuatro años no lleva a cabo ninguna de sus propuestas. Lo mismo que el FMI o el Banco Mundial. Asimismo, la zona de Libre Comercio ha sido un fracaso. Pienso que ahora mismo el neoliberalismo está en crisis por lo que busca continuamente medidas de choque, fuertes shocks, para poner en marcha sus medidas.

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    Una persona de mala fe, que tiene costumbres de planta trepadora, aunque por lo visto casi siempre se desprende de la pared y cae en la cloaca, y se dice profesora universitaria, ha afirmado en su Blog que yo no soy yo sino otro. Este otro es Ricardo Cano un escritor colombiano que la tiene muy, pero que muy obsesionada, pues por lo que he podido averiguar escribe contra él desde hace cinco años...
    La prueba parece que la encuentra en que he decidido colocar en mi Blog un artículo sobre ese autor. Menos mal que no afirma que yo soy Antonio Gamoneda, o Fernando Vallejo, a los que también he abierto un lugar en el mismo...
    Por otro lado, hay que reparar en el estilo de quien dice ser profesora universitaria pero escribe como una periodista del corazón de lo más vulgar, deseosa de meter la nariz en la vida de los demás. ¿Cómo no pensar en este caso en los peores programas de la televisión española y mexicana (y seguramente también colombiana), que se alimentan del chisme y que no reparan en implicar a terceras personas?...
    Y si uno piensa en la Universidad, pobre Universidad... ¡y antetodo pobres estudiantes!

    .................

    Es triste tener que escribir notas como esta, pero hoy por hoy Internet es una jungla, una ciudad sin ley, en la que abundan los paparazzi de la palabra, de los que hay que defenderse como se pueda...

    O mejor invocarse a la buena fe del lector, que por lo general no es tonto...

    Salud

    Martin Heiman Botero

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    San Bernardo y la Virgen-Alonso Cano

    Dedicado a Gratiaplena por Martin

  • Live Earth contra el cambio climático

    Mis queridos cuates del mundo entero, los invito a que se unan a la lucha contra el cambio climático...
    Al final del mensaje, el vínculo...

    Abrazos y besos, Martin.

    El 7 de julio, Los conciertos de Live Earth serán vistos por más de dos mil millones de personas, invitándolas a comprometerse personal y polí­ticamente a frenar el cambio climático. Para crear un gran movimiento internacional, miembros de Avaaz en 115 paises están organizando más de 2500 fiestas para ver los conciertos y movilizarse contra el cambio climático.

    Unirte al movimiento es fácil. Utiliza el mapa siguiente para buscar una fiesta en tu región, haz clic en enlace para contactar a los organizadores, y asiste a la fiesta el 7 de julio.

    http://www.avaaz.org/es/live_earth_parties/?cl=12794094

  • Disculpas

    Mis queridisímos cuates,

    He tenido un desagradable accidente que me recluyó varios dias en el hospital. No estuve entre la vida y la muerte, pero si a punto de quedar inválido...
    Al volver, todavía con una mano escayolada, he intentado manejar mi bitacora pero me resulkta imposible. Aparte de que es complicadísimo me resulta muy incómodo escribir con una solla mano.
    Qusiera respondar a tacones lejanos, a Maribel, a Sharito, a Tribilin, a Cortos, a Scaryblogger, es decir, a los de buena fe, y a los que no difaman y mienten aprovechándose de la impunidad que les brinda Internet...
    En el intervalo encontré en mi correo privado un mensaje de alguien a quien traje problemas y a quien respeto...
    Ahora es mi amigo.
    Besos para todos, volvere pronto, Martin.

  • Discurso Antonio Gamonera al recibir el Premio Cervantes

    Recibir de manos del Rey de España el Premio Cervantes, ciento cuarenta y cuatro días después de que Su Majestad La Reina me conmoviese en una circunstancia que ha resultado premonitoria, es un hecho cierto que, habiendo ocurrido ya en mi vida, permanece, sin embargo, en el espacio de lo increíble.

    Increíble y cierto. Han venido a mí estas dos palabras y, de inmediato, me he dado cuenta de que, sin saberlo ni dejar de saberlo, ya estaba hablando de mis causas y convicciones. Increíble y cierta es también, en su esencialidad, la poesía.

    Este hecho pone en mí una seria extrañeza que podría nacer de lo inesperado y elevado de la circunstancia, pero creo que no es sólo por esto; hay algo que hace más grave mi perplejidad, es decir, mi necesidad de interrogación. Tengo que preguntarme y contestarme por las causas, sabiendo que éstas estarán en mi vida y en su calidad existencial, mucho menos desgraciada que la de millones de seres humanos, aunque pueda ser justo contemplarla hermanada con la de éstos y no con la de los vivientes socialmente afortunados. Tengo que preguntarme también por el acontecer de mi escritura.

    Pronto se me depara la evidencia de algo que, más que cualquiera otra circunstancia o razón, ha condicionado a una y a otra, a mi vida y a mi escritura. Hablo de la pobreza.

    ¿Deberé entender que existe y se valora una cultura que se genera precisamente en el interior de la necesidad y del cansancio y que conlleva rasgos de tipicidad, a la vez que existe y predomina una cultura que se desprende en modo natural de células familiares o sociales afortunadas, una cultura, esta segunda, que lleva consigo bibliotecas selectas, estudios avanzados y conocimiento numeroso de idiomas, pongo por ejemplo? Porque yo vengo de la penuria y del trabajo alienante. Mis fuentes, en lo que concierne al saber, a la vigilia de la sensibilidad y al acendramiento de la conciencia, son, permítaseme decirlo crudamente, de baja extracción. Tengo que pensar que sí, que existe un estado pasional del pensamiento nacido en la pobreza y servido por el infortunio; un algo que, de aquí en adelante, nombraré diciendo simplemente cultura de la pobreza, y que esta cultura es, de algún modo, diferenciable de la que prospera a partir de una situación privilegiada.
    Dentro de esa cultura de la pobreza yo no soy más que un caso mínimo y ocasional. Mínimo, dentro del inmenso dolor planetario; ocasional, porque mi vida se ha hecho, finalmente, llevadera.

    Es verdad que, en 1936, en mi casa había un solo libro en el que aprendí a leer. Quizá aquel libro no fuese una señal completa de infortunio: al tiempo que me recordaba mi orfandad, tenía la intensidad y la atracción de ser un libro de poesía escrito por mi padre. Es verdad así mismo que mi primera información sobre la vida civil consistió en advertir la horrible represión en el barrio más tristemente obrero de León, y es verdad también que, al día siguiente de cumplir catorce años, a las cinco de la mañana, yo estaba cargando carbón en la caldera del extinguido Banco Mercantil y que, a esa misma hora, mi madre, desde otra hora lejana del día anterior, inclinaba más de la cuenta su cabeza sobre una máquina Singer. Pero, dentro de la cultura de la pobreza, ¿quién soy yo al lado de un François Villon, de un César Vallejo o de un Miguel de Cervantes?

    Miguel de Cervantes, para permanecer en la vida, tenía que ofrecerse a la muerte, vender su sangre en el mercado de las grandes empresas negociadas a la contra entre los poderosos y extender su mano ante estos mismos mendigando auxilios; no pudo hacer lo que antes llamé "estudios avanzados", no sabía latín ni cursó en la universidad; y quizá hubo de mirarse a sí mismo con dolor o con desprecio en razón de alguna negra personería y del escondido comercio que de su cuerpo habían de hacer sus hermanas.

    Yo quiero decir algo sobre la obra creativa de Cervantes considerando que fue hecha, precisamente, desde la pobreza. En modo general, se ha considerado la presencia de esta pobreza en su vida, pero quizá no se ha estimado como causa de peculiaridad en su obra.

    Cervantes, pensando en su escritura estrófica, sabiendo o no sabiendo lo que decía, hablaba con pesadumbre de "la gracia que no quiso darme el cielo". Sin embargo, fue él quien encendió la poesía -digo la poesía- en el interior del discurso narrativo y dio cuerpo a las revelaciones quizá más bellas, más increíbles y ciertas, surgidas de la lengua española.

    Cervantes, en el capítulo XLVII de la primera parte del Quijote -cito abreviada y fielmente- dice que " .... la escritura (...) de estos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las ciencias de la poesía...". ¿Manifestó aquí una lucidez transitoria? Porque también es cierto que, en algún otro momento, llegó a decir (cito según Vicente Gaos) "que su único propósito era el de combatir los libros de caballerías". Es este un tópico razonable pero irrelevante. Bien pudo Cervantes concebir su obra como un irónico y melancólico artefacto, beligerante frente al palabrerío y la imaginería vacua de aquellos ya periclitantes libros, pero esto no pudo y no puede ser todo.

    El conocimiento vacilante que tiene Cervantes de la que es, en mi convicción, radical esencialidad poética de su obra prosística mayor, se corresponde, poco menos que punto por punto, con el "no saber sabiendo" de San Juan de la Cruz, que estaba poseído por una inocencia análoga: creía que estaba hablando únicamente de la experiencia mística, pero también estaba definiendo, con una precisión hasta ahora insuperada, la experiencia poética. He dado en San Juan de la Cruz; no puedo pasar por él de cualquier manera. Haré un inciso que no será una desviación: también él pertenece a la cultura de la pobreza.

    Juan de Yepes era hijo de unos muy humildes tejedores y, socialmente, un villano. Torpe en los oficios, parece que fue hábil -le adiestraría la caridad- en el cuidado de los sifilíticos. Sufrió hambre, cárcel y torturas, y padeció el temor a la Inquisición. Sí estudió, brevemente, latín y filosofía, pero su saber más real surge de la lectura alucinada del Antiguo Testamento, en particular del Libro de Job y del Cantar de los cantares, así como del conocimiento, incompleto e igualmente alucinado, de la mística sufí.

    Vuelvo a Cervantes. Matizando el que he llamado "conocimiento vacilante" de la naturaleza de su propia obra, doy en otra hipótesis de Gaos, quien dice de Cervantes y del Quijote que "cuando empezó a escribirlo, no tenía idea cabal de lo que se proponía". Esta noción de la obra "inconsciente" es bienvenida por numerosos eruditos. Yo la comparto con serias reservas; no comparto las razones profundas de la motivación: yo entiendo que no es exactamente inconsciencia, sino que se trata de la inocencia presente en grandes poetas, y en otros no tan grandes, que es asimilable, insisto en ello, al "no saber" postulado por Juan de la Cruz.

    Hay un juicio de Ortega y Gasset que mucho me importa, aunque sea por motivos que Ortega no vio o no quiso ver. Cito abreviadamente: "No existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida sea tan grande, y, sin embargo, no existe libro alguno en el que hallemos menos (...) indicios (...) para su interpretación". Habla de un texto hermético. Preferiría que pensase en un texto inmensamente abierto. En cualquier caso, sabiéndolo o sin saber que lo sabe, Ortega alude al pensamiento poético ya en su modernidad.

    La aseveración de Ortega me hace pensar en los inicios de tal pensamiento; en Garcilaso, de quien un coetáneo -creo que Castillejo- decía que sus versos eran "tan oscuros que había que entrar por ellos con antorchas"; en Góngora; en los vanguardismos inscritos en la Generación del 27; en las tendencias iberoamericanas predominantes en el siglo XX y en el ahora mismo. Sin embargo, no me hace pensar en el realismo convencional, ornamentado o no, que aún circula y hasta predomina en el castellano, asistido por parte de mis coetáneos y por abundantes epígonos, aunque algunas opiniones críticas y, sobre todo, la decreciente adscripción de poetas jóvenes, empiezan a indicar una cierta "cotización a la baja". Este realismo se da también en Alemania, se manifiesta con mayor precaución en Francia y apenas tiene presencia en los restantes países y lenguas de Europa. Yo respeto y disiento, a la vez, de esta extendida opción estilística, de este realismo vertido en un lenguaje meramente informativo al que dicen "claro" o "normalizado".

    No seré yo quien olvide que se hizo moralmente presente en la España de la Dictadura, y sé que puede transportar buena voluntad en su tematismo social, aunque se dan casos en que se propone como simple divertimento. En mi opinión, aun cuando sean ciertas y progresistas sus causas morales, se atiene, sorprendentemente, a una especie de pensamiento y de lenguaje poéticamente reaccionarios. Cervantes -hay que decirlo aquí precisamente- "con su poder simbólico y sus escasos indicios para ser interpretado", está en el pensamiento poético y en sus equivalencias lingüísticas progresivos y progresistas, y está también en la tradición, porque la tradición es, a su vez, progresiva y progresista.

    Quiero traer aquí una afirmación de un contemporáneo pleno, de José Manuel Caballero Bonald. Dice así: "... la poesía en prosa del Quijote tuvo un poder anticipatorio...". Sí; lo tuvo. Es relacionable, por ejemplo, con creaciones del propio Caballero Bonald, como Ágata ojo de gata, y, claro está, con la obra de Claudio Rodríguez, en su totalidad, o con la de Valente desde su juvenil madurez.

    No proseguiré -por sabida, no parece necesaria- en la referencia nominal a mis coetáneos españoles a propósito de actitudes creativas que considero consecuentes o divergentes puestas en relación con las que Cervantes anticipa. Tampoco entraré en la escritura de creadores más jóvenes por considerar que su obra está aún abierta a una imprevisible evolución.

    Cervantes es el origen de la novela moderna, y lo es porque instaló bien instalada la poesía moderna en el seno de la narratividad. Del don que él decía que le negó el cielo sólo cabe aceptar que se sintiese inseguro en relación con aspectos formales, evidentemente secundarios aunque fueran decisorios en el entendimiento que de la poesía se tenía en la época. Ciertamente, Cervantes no alcanzaba más que a componer, con una corrección que hoy llamaríamos "plana", dentro de los módulos versales. Hoy contamos ya con un nivel de información y de sensibilidad suficiente para saber que es insegura y precaria la identificación absoluta de la poesía con los procedimientos versales, y que la distinción entre verso y prosa es, a los efectos poéticos, poco menos que trivial. Los grandes creadores lo sospecharon pronto. Dice Fray Luis de León en De los nombres de Cristo, refiriéndose a la prosa: "Yo confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriben en esta lengua poner en ella número, levantándola del decaimiento ordinario. El cual camino quise yo de abrir". De Fernando de Rojas a Valle Inclán, en el intermedio y en el después, bien clara tenemos la virtud prosística del número, virtud que avanza orientándose de las pautas métricas a las causas rítmicas.

    En la creación de un universo en el que la poesía, disfrazada de "locura", atiende a lo Desconocido; en la transgresión, "no sabida" o sabida inconscientemente, de las pautas convenidas en sus días para la narratividad; en la figuración increíble y cierta, Cervantes impulsa la tradición en un sentido determinante de modernidad. Su poder anticipatorio consiste en la creación de claves liberadoras que, siglos después, serán activas en la obra poética (sigo insistiendo: poética) de un Kafka, de un Joyce, de un Faulkner y de otros muchos creadores importantes dentro y fuera de nuestra lengua.

    Me interesa precisar aquí que el pensamiento específicamente poético se distingue del pensamiento discursivo, reflexivo o de cualquiera otra especie, en que procede de lo Desconocido -de lo desconocido incluso por el propio poeta- y en que lo revela; en que realiza lo irreal; en que puede crear lo que no existía; y en que se hace presente precisamente en un instante en que se produce la disolución de la normativa común del pensar. Una vez más, aquí, el "no saber sabiendo" de Juan de Yepes. Yo, en mi pequeñez, he argumentado en alguna ocasión "que no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias y ya escritas palabras". A Cervantes, en su grandeza, creo que le ocurría algo parecido.

    Serían una conclusión y una simplificación poco meditadas decidir que en Don Quijote y Alonso Quijano, en la locura y en la cordura del uno y del mismo, no hay un trasunto, una creación autorreferente del propio Don Miguel; está ahí aun en el caso de ser un discurso inconscientemente activado, una emanación impensada de su vida.

    Voy a ayudarme, en este punto, de alguien, lejano, al que también entiendo surgido de la cultura de la pobreza. Su vida se descifra en salarios escasos, en "una vieja casa de madera en Estambul" y en largos años de cárcel, exilio y enfermedad. Hablo del poeta turco Nazim Hikmet y de la primera mitad de su poema titulado "Don Quijote", que dice así:

    "El caballero de la Eterna Juventud / obedeció, hacia la cincuentena, / a la verdad que latía en su corazón. / Partió una bella mañana de julio/ para conquistar lo bello, lo verdadero y lo justo. Delante de él estaba el mundo / con sus gigantes abyectos, / y bajo él estaba Rocinante, / triste y heroico. Yo sé / que una vez que se cae en esta pasión / y que se tiene un corazón de un peso respetable, / no hay nada que hacer, Don Quijote, / nada que hacer: / hay que embestir a los molinos de viento."

    Se habla aquí de la apariencia de una sinrazón: "embestir a los molinos de viento"; se habla de una locura que cabría entender reducida a peripecia grotesca. Pero en la apariencia de la sinrazón palpita gravemente una verdad: "la verdad que latía en su corazón". Estamos ante un hecho poético.

    Este hecho se da en el lenguaje de la falsa "locura" cervantina, en el lenguaje que sólo es ficcional en superficie, ficcional únicamente en relación con realidades objetivas que no han sido interiorizadas por el poeta, con significaciones meramente coloquiales o con las que, ahora mismo, están convenidas para la información mediática. Pues no; en el lenguaje poético, no: los molinos son gigantes, los gigantes son poderosos, su ejercicio es la maldad, y el Caballero de la Eterna Juventud, el abatido, nos revela que su infortunada verdad consiste en la causa necesaria de luchar contra esa maldad.

    El lenguaje representativo de este ser y de este acontecer en poesía, yo lo advierto ligado a la cultura de la pobreza. La relación dialéctica entre el poder injusto y el sufrimiento está prácticamente en todas las "locas aventuras" que configuran el curso poético del Quijote. Es hondamente significativo que Cervantes, al cerrar este curso, nos ofrezca la pérdida de la locura como preámbulo de la muerte.

    Si en aquellos días hubieran circulado criterios que lo hacen en la actualidad, Cervantes hubiera sido quizá motejado de manipulador de un lenguaje impropio, deducido, incluso, del irracionalismo, o de una escritura palabrera, gratuita e increíble. La autoridad del Quijote ha permanecido, pero yo creo que el libro aún ha de ser mejor comprendido. La locura de Don Alonso es más que un recurso literario; es creación de la función lingüística que integra lo cierto en lo inverosímil, que hace suya y revela la verdad increíble, la verdad nueva y desconocida, propia e interna de una tradición decidida por la invención progresiva del pensamiento poético moderno.

    Este pensamiento está habitado casi siempre por una extrañeza que no por "extraña" deja de ser una realidad intelectual plena, ni de estar presente también en el ánimo y en la sensibilidad, ni de ser abarcadora del nivel cognitivo que llamamos conciencia y de su contenido moral. El Quijote es un libro ligado al pensamiento y al lenguaje comunes tan sólo en zonas de superficie, en añadiduras "razonables" con las que, por boca propia, por la de Sancho o por la de algún personaje secundario, Cervantes (en el que aún habrían de pesar juicios y prejuicios) moteja de locura la verdad poética trasunto de si mismo y emanación de su propia vida.

    No obstante, el libro lleva consigo la voluntad de crear placer, es decir, lleva consigo efectos en los que algo hay que se asemeja a una salvación, a una interrupción del dolor. Toda poesía, incluida la que se deriva del sufrimiento, de la crueldad o de la injusticia, está orientada a la creación de una forma de placer. Dice Aristóteles (al que cito por la edición trilingüe de Valentín García Yebra): "... no hay que pretender de la tragedia cualquier placer, sino el que le es propio...". La afirmación aristotélica del placer en la representación de lo terrible es una apreciación vigente en el ahora mismo.

    Hasta aquí, he intentado demostrar que, desde la pobreza y a través de la prosa, Cervantes es uno de los creadores, el más importante en la lengua española, del pensamiento poético moderno y de su realización en el lenguaje. Nótese que no he entrado en el dislate de atribuir en exclusiva a la cultura de la pobreza la creación de tal pensamiento.

    He acudido también al "no saber" de San Juan de la Cruz, interpretándolo como clave poética y como señal de pobreza (pobreza en el subsistir y en la sabiduría), y he traído una cita de Ortega, referida al Quijote, en la que me permito insistir aún más abreviada: " No existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas (...) sea tan grande, y, sin embargo, no existe libro alguno en el que hallemos menos indicios para su interpretación".

    Quiere decir la reunión de las referencias a Juan de la Cruz y a Ortega, que la tradición poética, en su modernidad, depara textos difíciles; textos que conllevan verdades ocultas, que se revelan, sí, pero por medio de una semántica poética, ajena a la semántica informativa, privada la primera, según el quizá excesivo criterio de Ortega, de "indicios para su interpretación". Conviene recordar aquí el aviso de Eliot relativo a que "la poesía es la aprehensión sensible y directa del conocimiento", o, como yo me atrevo a decir, que la poesía es antes sensible que inteligible, o que es inteligible bajo condiciones de sensibilidad. En todo caso, Ortega no dice que el Quijote sea un libro fácil y realista, sino un libro difícil fundamentado en el poder de las alusiones simbólicas.

    La poesía "cuyo género carece de nombre" (vuelvo aquí a citar a Aristóteles) puede implicarse en módulos poemáticos, pero también, con igual entereza y legitimidad, en cualquiera otro de los géneros literarios o en la trama de varios o de todos ellos, trama a la que alude Lázaro Carreter como peculiar de la escritura contemporánea. Por no tener género, por no ser, en rigor, literatura, la poesía puede estar en todas las formas que la literatura adopte. Su esencialidad y su sentido han de buscarse en la sensibilidad y en la existencia antes que en el lenguaje convenido.

    El "no saber" es natural en la creación que se desprende de la cultura de la pobreza. Es una suerte de pureza en la oscuridad del pensamiento, que podría ser anulada precisamente por el saber metódicamente adquirido. Nosotros, "los de la pobreza", no tuvimos libros, no fuimos a la universidad. Esta diferencia con los creadores cultos a partir de una situación social que pueda considerarse afortunada, no es, ni a favor ni en contra, una diferencia de grado cualitativo. Esta diferencia la procurará el talento.

    Pero el individuo y, por tanto, el poeta, se realiza en la colectividad. Por esta indefectible circunstancia, toda poesía, aun siendo "irremediablemente subjetiva" (nos lo dice Sartre), es también siempre, en su significación última, poesía social. Puede o no llevar consigo convicciones ideológicas. Ante los poderes injustos, en los poetas de origen acomodado podrá darse la ideología solidaria; en los que se reconocen en la pobreza, será una manifestación de su vida desafortunada. Dicho más brevemente: hablar desde el interior de la pobreza no es lo mismo que solidarizarse con la pobreza. Ellos, los solidarios, pueden, por las causas ideológicas que digo, encontrar necesario manifestarse realistas y críticos, pero lo hacen -no sé si se dan cuenta- con el mismo lenguaje "normalizado" que adoptan los poderes injustos. Insensiblemente, se asimilan a tales poderes.

    Es frecuente también la aparición de la ironía en aquellos cuya cultura no ha sido configurada por la pobreza. En nosotros ("los de la pobreza", los que nos hemos acercado al conocimiento de forma intuitiva y solitaria y los que, advertida o inadvertidamente, se han identificado con nosotros) la subjetivación radical y el patetismo resultarán naturales, y nuestro lenguaje no estará "normalizado" porque, aun amando la paz, el nuestro será un lenguaje poética y semánticamente subversivo. El sufrimiento de causa social es nuestro sufrimiento, y penetra, en modo imprevisible, nuestra conciencia lingüística.

    Quiero dejar dicho que si Don Miguel de Cervantes resucitase o aún permaneciese físicamente vivo (¡qué disparate, por mi parte, cerrar este parlamento con tales fantasías!), estaría, pensativamente, cerca de nosotros.

    He terminado con mis reiteraciones. He puesto cierta intención en acumularlas. Perdónenme.

    Muchas gracias.

  • El hombre que rezó a Baudelaire

    Vidas soñadas

    Tomado de La Vanguardia, de Barcelona (Miércoles, 27 de noviembre del 2006)

    Ricardo Cano Gaviria El hombre que rezó a Baudelaire
    ÍGITUR 156 PÁGINAS 10 EUROS

    Las ciudades, con París a la cabeza, no aparecen descritas, sólo sumergidas en halos de irrealidad y melancolía Ricardo Cano Gaviria (Medellín, Colombia, 1946) ha vivido desde hace años en España y su literatura, cosmopolita e independiente, carece de una tradición precisa. Si la voluntad de radical independencia es visible, hay importantes referencias literarias tanto en anteriores obras suyas como El pasajero Walter Benjamin o Una lección de abismo, como ahora en El hombre que rezó a Baudelaire, integrada por cinco cuentos de variable extensión. Referencias muy claras en sus dos primeros textos, que determinan el desarrollo del relato, y más dispersas pero igualmente claves en el resto: los poetas modernistas Julián del Casal y José Asunción Silva, Coleridge o el Pérez Galdós de La de Bringas.

    En todo libro de cuentos el orden de los mismos obedece a diferentes exigencias. En contadas ocasiones es simplemente cronológico, y todos ellos buscan una unidad superior que supere la de cada cuento individual. Y uno de los encantos de la lectura del género está, precisamente, en las razones misteriosas que han llevado a un autor a elegir determinado orden. En El hombre que rezó a Baudelaire hay dos razones visibles: una digamos textual, y otra narrativa. La textual define una concepción literaria a través de dos escritores clave. En el primero, el que da el título al conjunto, es Charles Baudelaire y toda la filosofía que aparece en Las flores del mal: sólo conociendo el infierno llegaremos al paraíso - algo que por otro lado ya encontramos en la Divina Comedia-,sólo a través del conocimiento de la impureza podemos alcanzar la verdadera pureza. Por eso aquí los clochards rinden homenaje a Nuestra Señora des Malades o des Clochards, en un recorrido nocturno por las calles de París, cerca del Sena. En este descenso a los infiernos se nos habla de "mi adorable bestia, mestiza, con olor azufre" o de "una fétida y adorable suplantadora". Como en el resto de los cuentos, la oscuridad nos lleva a confundir la realidad con la imaginación, lo visible con lo invisible. El resultado es un cuento denso centrado en una prostituta que viene a representar la inspiración y un clochard la figura del poeta. Igualmente denso es Naturaleza muerta con flores, libros y llantos, donde hay un desplazamiento entre dos épocas, la dominada por Marcel Proust y la del mayo parisino del 68, en un homenaje al París de Zola y de Proust y también al de Boris Vian, Brassens y Moustaki. Nos movemos de nuevo entre dos líneas de tiempo, "como en una pantalla de niebla y sueño", con la sensación de "no saber si lo que recordaba lo había vivido realmente o se lo habían contado".

    A partir de Retrato de Esterlina de Varese los relatos se iluminan, hay un claro desarrollo narrativo y la compleja, evasiva relación entre los distintos personajes nos sumerge en una especie de magia irreal pero al mismo tiempo fácilmente reconocible. El recuerdo y los sueños son cada vez más abundantes, de nuevo creando diversos planos temporales y espaciales. Pese a las frecuentes referencias a Colombia, a diferencia del París de los primeros relatos, las ciudades no aparecen descritas, sólo sumergidas en un halo de irrealidad o de melancolía, sobre todo, en el mencionado relato, la casa del estanque. Las dos musas o modelos son Esterlina de Varese, lunática y despreocupada, y Beatriz Vieco, "carnal e irreal". Personajes guiados todos ellos por la sensibilidad ante el arte cuando no son ellos mismos arte. Muy distinto es La mosca, el más narrativo, con una extrañeza ahora marcada por los recuerdos y por una peculiar situación. Y el libro culmina con el excelente entre excelentes El viajero perdido, como el anterior marcadamente narrativo, aunque dominado por lo onírico y por el déjà vu. El lector de El hombre que rezó a Baudelaire tiene la inquietante y reconfortante sensación de que todo está movido por una mano invisible. ¿El destino o la propia escritura de Cano Gaviria, donde los sueños alcanzan la apariencia de realidad y la prosa la difícil calidad de un clásico del género?

    J. A MASOLIVER RÓDENAS

  • Fernando Vallejo renuncia a la nacionalidad colombiana

    Revista Semana.com
    Fecha: 05/07/2007 -

    Fernando Vallejo se salió de todos los moldes. Después de una vida desnudando a través del cine y los libros la "hipocresía de la sociedad colombiana" en la que nació, acaba de decidir que Colombia ya no es su país.

    Que lo deja por ser atropellador, asesino y mezquino. Que los malos recuerdos de las frustraciones vividas cada vez que intentaba acometer un nuevo proyecto artístico le colmaron la paciencia y que ahora, cuando acaba de recibir la nacionalidad mexicana, no volverá a la tierra en la que nació sino que se quedará a vivir en su nuevo país los días que le restan.

    Pese a que su padre fue congresista, constituyente y ministro por el Partido Conservador y su hermano Carlos fue alcalde de Támesis, Antioquia, Vallejo prefirió denunciar la vida desde su particular visión, de la cual no se escapa personaje alguno del país.

    Nació en Medellín hace 65 años, en el seno de una familia de clase media y militancia política, temas a los cuales ha dedicado algunos de los más punzantes dardos de su obra. La religión, el narcotráfico, la violencia y la sexualidad también figuran entre los asuntos sobre los que más ha escrito y que mayor controversia han causado dentro y fuera del país. En varias ocasiones tuvo problemas para publicar sus libros en Colombia y desde en varios pasajes la iglesia católica se opuso a ellos.

    El más reciente escándalo desatado por una obra suya ocurrió a raíz de una crítica a la religión escrita en la revista SOHO. Hasta dificultades penales tuvo por proponer una nueva lectura de los evangelios. Lo acusaron de agravios a la religión.

    Su respuesta, divulgada este lunes por Caracol Radio en el mismo comunicado de su insólita renuncia a la nacionalidad, deja claro que se reafirma letra por letra en lo que escribió y que para él Colombia tiene problemas mucho más graves que un escrito en contra de la iglesia: "¡Agravios a la religión en el país de la impunidad! En que los asesinos y genocidas andan libres por las calles, como es el caso de los paramilitares, con la bendición de su cómplice el sin vergüenza de Álvaro Uribe que han reelegido en la presidencia. Desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra, encabezando año tras año, imbatible, las estadísticas de la infamia. Después, por experiencia propia, fui entendiendo que además de asesino era atropellador y mezquino', escribió.

    Los libros y películas de Vallejo nunca
    pasan desapercibidos por sus temáticas
    y la forma en que están narrados.
    En esta ocasión hasta su carta de renuncia
    a la nacionalidad colombiana desató polémica.

    Su irreverencia le ha llevado a cuestionar a personajes como Gabriel García Márquez, de quien sostiene que es un buen contador de historias pero que escogió el modo "facilista" de escribirlas, pues narra en tercera persona.

    Por declaraciones como estas muchas personas en el país le han declarado su rechazo. Sin embargo, otras influyentes plumas, casi tan controvertidas como él, destacan las bondades de su obra.

    El escritor Antonio Caballero, por ejemplo, dijo alguna vez que 'sólo me interesa Vallejo. Me parece un escritor extraordinario. Uno que dice lo que quiere, que es de lo que se trata. Repetitivo, claro: siempre quiere decir lo mismo".

    Gustavo Álvarez Gardeazábal también lo resalta: "Hace rato que le han debido dar a Vallejo el premio Nobel, pues es el mejor escritor del país. Es superior a García Márquez'
    El siguiente es el texto completo difundido por Caracol con el cual Vallejo comunica que su colombianidad se acabó.

    'A México llegué el 25 de febrero de 1971, vale decir hace 36 años largos, más de la mitad de mi vida, a los que hay que sumarles un año que viví antes en Nueva York. ¿Y por qué no estaba en Colombia durante todo ese tiempo? Porque Colombia me cerró las puertas para que me ganara la vida de una forma decente que no fuera en el gobierno ni en la política a los que desprecio y me puso a dormir en la calle tapándome con periódicos y junto a los desarrapados de la Carrera Séptima y a los perros abandonados, que desde entonces considero mis hermanos.

    Me fui a Nueva York a tratar de hacer cine, que es lo que había estudiado, y de allá me vine a México y en pocos años conseguí que Conacite 2, una de las tres compañías cinematográficas del Estado mexicano, me financiara mi primera película, Crónica roja, de tema colombiano.

    Entonces regresé a Bogotá a tratar de filmarla con el dinero mexicano. ¡Imposible! Ahí estaba el Incomex para impedirme importar el negativo y los equipos; la Dirección de Tránsito para no darme los permisos que necesitaba para filmar en las calles; el Ministerio de Relaciones Exteriores para no darme las visas de los técnicos que tenía que traer de México; la policía para no darme su protección durante el rodaje y el permiso de que mis actores usaran uniformes como los suyos y pistolas de utilería pues había policías en mi historia...

    Y así, un largo etcétera de cuando menos veinte dependencias burocráticas con que tuve que tratar y que lo más que me dieron fue un tinto después de ponerme a hacer antesalas durante horas.

    Entonces resolví filmarla en México reconstruyendo a Colombia. En Jalapa, la capital del Estado de Veracruz, por ejemplo, encontré calles que se parecían a las de los barrios de Belén y de la Candelaria de Bogotá y allí filmé algunas secuencias.

    Con actores y técnicos mexicanos, con dinero mexicano e infinidad de tropiezos logré hacer en México mi película colombiana a la que Colombia se oponía, soñando que la iban a ver mis paisanos en los teatros colombianos.

    ¿Saben entonces qué pasó? Que mi mezquina patria la prohibió aduciendo que era una apología al delito. Una apología al delito que se basaba en hechos reales que en su momento la opinión pública conoció y que salió en todos los periódicos, la del final de los dos hermanos Barragán, unos muchachitos a los que la policía masacró en un barrio del sur de Bogotá.

    A cuantas instancias burocráticas apelé, empezando por la Junta de Censura y acabando en el Consejo de Estado, la prohibieron. Nadie en Colombia, ni una sola persona, levantó su voz para protestar por el atropello, que no era sólo a mí sino al sueño de todos los cineastas colombianos, quienes por lo demás, sea dicho de paso, también guardaron silencio.

    Como yo soy muy terco volví a repetir el intento con mi segunda película colombiana, En la tormenta, sobre el enfrentamiento criminal entre conservadores y liberales en el campo cuando la época llamada de la Violencia con mayúscula, y con igual resultado: no me la dejaron filmar, la tuve que hacer en México y me la prohibieron, aduciendo que el momento era muy delicado para permitir una película así.

    Como yo sólo quería hacer cine colombiano y no mexicano, ni italiano, ni japonés, ni marciano, desistí del intento. En alguno de mis libros, aunque ya no me acuerdo en cuál, conté todo esto pero con más detalle: los camiones de escalera y los pueblitos colombianos que tuve que construir, los platanares y cafetales que tuve que sembrar en las afueras de la ciudad de México, los ríos quietos como el Papaloapan que tuve que mover para que arrastraran los cadáveres de los asesinados con la ira del río Cauca, la utilería que tuve que mandar a hacer o traer de Colombia a México, como las placas de los carros y las botellas de cerveza...

    Nunca acabaría de contarte cosas. Te lo resumo en una sola frase: Colombia, la mala patria que me cupo en suerte, acabó con mis sueños de cineasta.

    Entonces me puse a escribir y durante diez años investigué, día tras día tras día, en un país o en otro o en otro, en bibliotecas y hemerotecas de muchos lados, sobre la vida de Barba Jacob, mi paisano, el poeta de Antioquia, que durante tantos años vivió en México y que aquí murió, y acabada mi investigación de diez años en uno más la escribí y me puse a buscar quién la editara.

    Se acercaba el año 1983, el del centenario del nacimiento de Barba Jacob, y el Congreso colombiano se interesaba en ello. No creían lo que yo les contaba del poeta ni los años que llevaba siguiéndole sus huellas. Me pidieron que les mandara pruebas y les mandé entonces fotos e infinidad de documentos.

    Nada de eso me devolvieron, con todo se quedaron y el libro lo pensaban publicar en mimeógrafo. Les contesté que eso no sólo no era digno de Barba Jacob, un gran poeta, sino de ellos mismos, unos aprovechadores públicos que se designaban como el Honorable Congreso de la República. Que se respetaran.

    Entonces publiqué mi biografía Barba Jacob el mensajero en México con dinero de amigos mexicanos. Cuantas veces me ha podido atropellar Colombia me ha atropellado. Hace un año me quería meter preso por un artículo que escribí en la revista SoHo señalando las contradicciones y las ridiculeces de los Evangelios.

    Eso dizque era un agravio a la religión y me demandaron. ¡Agravios a la religión en el país de la impunidad! En que los asesinos y genocidas andan libres por las calles, como es el caso de los paramilitares, con la bendición de su cómplice el sinvergüenza de Álvaro Uribe que han reelegido en la presidencia.

    Desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra, encabezando año tras año, imbatible, las estadísticas de la infamia.

    Después, por experiencia propia, fui entendiendo que además de asesino era atropellador y mezquino.

    Y cuando reeligieron a Uribe descubrí que era un país imbécil. Entonces solicité mi nacionalización en México, que me dieron la semana pasada. Así que quede claro: esa mala patria de Colombia ya no es la mía y no quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir'.

    Fernando Vallejo

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